martes, 24 de noviembre de 2009

THE BLINDING

1

Eran las tres de la mañana.

Mientras algunos dormían, ellos tenían que permanecer despiertos.

Era la última noche de cinco días seguidos de flashes, uno tras otro, casi sin descanso. Todo por el arte. Todo por la belleza.

Durante cinco días solo habían estado ella y él, unidos por el destello de la cámara. Él la hacía suya con cada disparo y ella se entregaba, hermosa.

—Debo confesar que todo esto ha sido muy difícil —dijo Mark Ryans, con su marcado acento norteamericano, después de tomar la última fotografía.

Marcia Montello sorbió la última gota de café y bajó del taburete.

Había pasado horas de pie, sentada, inclinada, inmóvil, adoptando una pose tras otra. En ninguna se veía mal. En todas parecía divina.

Pero se sentía como una muñeca rota.

Y aun así debía parecer una estrella radiante.

—Mark... ¿me puedo ir ya?

El fotógrafo apenas levantó la mirada. Revisaba su arma de trabajo.

—Oh... yeah, honey. Go. Es tarde.

No volvió a mirarla.

Estaba demasiado absorto contemplando el rostro de Marcia atrapado en la cámara.

La puerta se cerró detrás de ella y la verdadera Marcia desapareció.

Se iría a casa. Se daría un baño. Dormiría.

Y aunque muriera ese mismo día, su esplendor permanecería intacto dentro de aquellas fotografías.

Mark tenía la sensación de conocerla por completo y, al mismo tiempo, de no haber visto nada.

Marcia era como una esfinge observada por un arqueólogo. Él podía estudiarla, examinar cada detalle, formular teorías y convencerse de que sabía algo sobre ella.

Pero solo la esfinge conocía la verdad.

Marcia tenía algo trágico en la mirada.

También había algo extraño en sus brazos largos, que caían sin peso a los costados de su cuerpo.

Era una chica hermosa.

Solo eso.

Una chica hermosa, como tantas otras a las que había fotografiado antes.

Sin embargo, había algo en sus ojos que lo inquietaba.

Algo que no podía nombrar.

Algo trágico.

Quería atravesar aquella mirada, entrar en ella, examinar cada partícula de Marcia hasta descubrir qué escondía. Quizá, al final, no encontraría nada.

Quizá todo fuera una ilusión.

Una linda chica.

Una linda chica con algo en la mirada.

Algo triste.

Algo trágico.

Marcia tomó sus cosas y se marchó.

Mark se despidió levantando una mano.

Esa fue la noche más larga de todas.

La última noche.

2

El taxi avanzaba demasiado lento.

O quizá el camino se había alargado.

Adormitada, Marcia apoyó la cabeza contra la ventana. Las luces de la ciudad fueron quedándose atrás y, después de un rato, dejó de reconocer el trayecto.

Debía ser el cansancio.

Le parecía viajar por una carretera intergaláctica. Las luces parpadeaban al otro lado del cristal y se confundían con las estrellas.

Sus ojos comenzaron a cerrarse.

Se quedó dormida.

Por un instante creyó ver el destello de un flash.

Luego, otro resplandor.

Cerró los ojos.

Las luces.

En una canción, Cinderella regresa a casa en un auto con un solo faro.

Cinderella muere.

Ese fue el camino más largo de todos.

Eran las doce del mediodía cuando Mark Ryans recibió la llamada de la policía.

El cuerpo de Marcia, o lo que quedaba de él, había sido encontrado en un basurero.

Mark guardó silencio.

Después dijo:

—Era una chica linda, con algo trágico en la mirada.

No hizo ningún otro comentario.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Sin titulo

Vamos a escapar en un  auto rojo, por la carretera perdida. 
No tengo una respuesta, porque no me gustas de verdad es solo que quiero sentir tu piel debajo  de mi piel. ¿no quieres?
Esto es un sueño, alguien me llama y me dice lo mismo: ¿quieres ser uno conmigo? 
Es la hora del sueño de la muerte, estoy cayendo porque lo correcto nunca es equivocado. 
Vamos a mirar las estrellas
Vamos a nadar en el oceano, mientras nos tomamos las manos 
mesclandonos en arena y agua, solo hay eso debajo del mar.
¿no quieres venir?
Mis huesos en tus huesos, Hasta quedar humedos, frios y sucios.
Mientras el cielo hable con los rayos
Solo tomame y llevame.
Es algo natural
jueves, 12 de noviembre de 2009

MARIPOSA

El hombre malo ha muerto.

Y su cuerpo está en el piso, sin poder moverse. La espuma aún le sale por la boca. Como el perro rabioso que era, como un perro murió. Más solo que siempre, suplicando ayuda a la única persona que quiso y destruyó.

Esa persona ahora lo mira sin derramar lágrima alguna, como un despiadado ángel convertido en mesías, con la salvaje alegría reventándole en el pecho. Lo mira por última vez antes de irse. Lo mira directamente a sus oscuras iris de cadáver. Está ahí, tirado, como maldiciendo.

- Te quiero -dice mientras le da un beso redentor y se va a darse un baño caliente.

El hombre malo ha muerto y nadie lo recordará. Ni las cicatrices, ni los rincones oscuros de la casa que él construyó, ni ella, que fue la única que lo quiso y lo destruyó.

El agua cae lentamente por su rostro. Limpia el cuerpo, pero no el corazón.

El corazón estaba podrido.

El mal es un círculo vicioso.

Él golpeaba a su esposa. Su esposa callaba. A veces gritaba, solo cuando ya no soportaba el dolor de mil furias. Otras veces callaba debajo de los moretones verdes y morados que recibió hasta los sesenta años, cuando él murió.

Nadie nunca supo nada.

O no quiso saber.

Ella, dulce mariposa, lo mató sin piedad.

Y le otorgó el perdón por todos los años perdidos, por todas las marcas en su conciencia, por la muerte de su inocencia y por las noches largas sin luces, sin estrellas.

La esposa morirá de tristeza.

Ella morirá de dolor.

Porque su corazón podrido sangra desde siempre y hasta nunca.

La venganza no es un plato que se come frío. Es una puñalada mortal al propio ser.

Cierra los ojos para no recordar, pero la mirada del muerto se le está clavando en la memoria, como los golpes en el cuerpo, como sus palabras en el alma, como todo él en su ser.

La ansiedad no le deja pensar.

O no le quiere dejar de pensar.

Se sumerge hasta desaparecer bajo el agua y entonces regresa todo lo vivido, como charcos de agua sucia. Le parece oír los pasos descoordinados, los llantos ahogados, los golpes contra la puerta una y otra vez y, al final, siempre al final, su risa como el sonido de la muerte.

Más gritos lejanos.

Más puertas cerrándose con violencia.

Puertas abriéndose con violencia.

Más violencia.

Más dolor.

Más gritos.

- Él ya no existe -se repite.

Pero la realidad es tan frágil como los sueños.

Es un reflejo del cuerpo: quiere correr a esconderse, huir debajo de la cama y esperar en la oscuridad.

Tiene miedo.

Los pasos.

Los gritos.

Su corazón late...

Rompe la superficie del agua.

Todo fue su imaginación.

Solo se oye el reloj de la sala haciendo tic tac.

Lo demás es silencio.

El hombre malo ha muerto.

Y no volverá.

Se pone la bata y baja para cerciorarse de que el muerto siga ahí, frío y morado.

Abre la puerta.

Parece un muñeco roto.

Él, poderoso, amo de la existencia de todos, está ahora como un insecto aplastado. Sus dedos todavía tienen el veneno y ella aún lleva adrenalina en las venas.

El tiempo se detiene.

El tiempo transcurre.

Tu tristeza empieza.

Una mariposa aletea en la ventana.

¿Tienes miedo?

Yo también, parece decir con su aleteo constante.

Trac, trac.

Es un sonido perturbador.

Debe ser la muerte.

- No perdonar para no olvidar -dice y se da media vuelta.

No olvidar para no perdonar.

Y yo te odio tanto.

Después del asesinato viene el miedo.

Y eso es un desagradable aleteo, no en la ventana, sino en tu cabeza todas las noches.

Desde el instante en que lo planeaste y lo hiciste, después del placer de verlo morir, nada más.

Solo vacío.

¿No eres feliz aún?

La felicidad tiene la forma del espacio de muchas manos apretándose.

Cae la tierra sobre el ataúd.

Allí se va el tirano.

Allí se va una mierda.

Y aquí se queda otra, mirando.


sábado, 7 de noviembre de 2009

Je t'aime

Un juego personal


               Je t'aime, definición


a Muchas / pocas cosas


la forma mas facil de decir


"PEQUEÑA, LO SIENTO
PEQUEÑA"


en una noche intranquila


y de pronto
Te quiero, Grandote


Y un Zero dice: 


brilla parpadeante en una sonrisa


Je T'aime


expresion de 7 letras
con una (') al medio


Para decir:


No te vayas,
Quedate conmigo.
domingo, 1 de noviembre de 2009

la mano en la Oscuridad (una historia triste)

«La felicidad tiene la forma de muchas manos estrechándose, muchas manos juntas estrechándose».

1

Ella estaba como dormida. Un halo de miedo la rodeaba, haciéndola cada vez más lejana. Su mano caía a un lado, como suspendida en el infinito. No se movía, pero parecía tener vida propia y querer alcanzarlo.

La sola presencia de esa mano, tan cerca de él, le oprimía el pecho, como si estuviera pidiendo algo más de lo que él podía darle. Se sentía culpable por no querer estrechar aquella mano huérfana. Se sentía una escoria porque él la había llevado al límite y ahora ella estaba ahí, representando el papel de bella durmiente.

Se apagó la luz.

En la oscuridad alguien le dijo que debía irse. Él asintió sin darse cuenta. Tantos días allí parecían haberlo convertido en parte del decorado.

Levantó el alma antes que el cuerpo.

Entonces ella abrió lentamente los ojos y sonrió.

- Dame la mano -dijo.

Cada palabra fue como un látigo. El corazón comenzó a romperle el pecho. Su mente quedó en blanco. Él permaneció atrapado en aquel instante, incapaz de moverse.

- Dame la mano... por favor... tengo miedo.

Su voz ya no era la misma.

Él tampoco.

La mano de ella se alzó hacia él y allí se quedó.

Nadie respondió.

Nadie la sostuvo.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire y un corazón se apagó mientras la puerta se cerraba para no volver a abrirse.

Las luces no se encendieron.

Su mano vacía quedó tan triste como su rostro, con aquellos ojos cerrados que jamás volvería a abrir.

La mano continuaría esperando en la oscuridad.

Su corazón ya no latía. Ella ya no respiraba. Pero aquella mano aún parecía esperar que alguien la cogiera para no dejarla caer.

Tenía miedo de estar sola en un lugar sin luz.

Solo quería escuchar:

- Tranquila, pequeña. Tranquila.

Afuera llovía, pero el sol brillaba y las personas reían.

Ella estaba sola en un lugar sin luz, con la esperanza depositada en una mano abierta, con la vaga ilusión de que alguien la estrechara para no tener que irse.

Nadie la sostuvo.

Nadie llegó a oír:

- Te quiero.

La dejaron ir sin decir adiós.

2

Había corrido sin parar.

Cuando se detuvo, supo que ya era tarde. No podía volver.

Una mariposa pasó frente a él y se alejó.

Eran las 12:30.

Era invierno.

A ella le gustaban las mariposas.

Comenzó a llorar.

No se movió del lugar al que había llegado. Ni siquiera notó que estaba en el jardín de una casa. Se quedó allí, sin saber qué hacer.

Ella solo quería estrechar su mano para decir adiós.

Y él había huido.

Él no quería dejarla ir. No quería.

Si volvía, quizá todavía la encontraría sonriendo.

Si regresaba ahora...

Tal vez ella ya se habría ido.

Regresó.

- Yo también te quiero -dijo.

Nadie lo oyó.

Estaba solo.


Un blog extraño sobre las ficciones reales de la vida cotidiana
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