1
Eran las tres de la mañana.
Mientras algunos dormían, ellos tenían que permanecer despiertos.
Era la última noche de cinco días seguidos de flashes, uno tras otro, casi sin descanso. Todo por el arte. Todo por la belleza.
Durante cinco días solo habían estado ella y él, unidos por el destello de la cámara. Él la hacía suya con cada disparo y ella se entregaba, hermosa.
—Debo confesar que todo esto ha sido muy difícil —dijo Mark Ryans, con su marcado acento norteamericano, después de tomar la última fotografía.
Marcia Montello sorbió la última gota de café y bajó del taburete.
Había pasado horas de pie, sentada, inclinada, inmóvil, adoptando una pose tras otra. En ninguna se veía mal. En todas parecía divina.
Pero se sentía como una muñeca rota.
Y aun así debía parecer una estrella radiante.
—Mark... ¿me puedo ir ya?
El fotógrafo apenas levantó la mirada. Revisaba su arma de trabajo.
—Oh... yeah, honey. Go. Es tarde.
No volvió a mirarla.
Estaba demasiado absorto contemplando el rostro de Marcia atrapado en la cámara.
La puerta se cerró detrás de ella y la verdadera Marcia desapareció.
Se iría a casa. Se daría un baño. Dormiría.
Y aunque muriera ese mismo día, su esplendor permanecería intacto dentro de aquellas fotografías.
Mark tenía la sensación de conocerla por completo y, al mismo tiempo, de no haber visto nada.
Marcia era como una esfinge observada por un arqueólogo. Él podía estudiarla, examinar cada detalle, formular teorías y convencerse de que sabía algo sobre ella.
Pero solo la esfinge conocía la verdad.
Marcia tenía algo trágico en la mirada.
También había algo extraño en sus brazos largos, que caían sin peso a los costados de su cuerpo.
Era una chica hermosa.
Solo eso.
Una chica hermosa, como tantas otras a las que había fotografiado antes.
Sin embargo, había algo en sus ojos que lo inquietaba.
Algo que no podía nombrar.
Algo trágico.
Quería atravesar aquella mirada, entrar en ella, examinar cada partícula de Marcia hasta descubrir qué escondía. Quizá, al final, no encontraría nada.
Quizá todo fuera una ilusión.
Una linda chica.
Una linda chica con algo en la mirada.
Algo triste.
Algo trágico.
Marcia tomó sus cosas y se marchó.
Mark se despidió levantando una mano.
Esa fue la noche más larga de todas.
La última noche.
2
El taxi avanzaba demasiado lento.
O quizá el camino se había alargado.
Adormitada, Marcia apoyó la cabeza contra la ventana. Las luces de la ciudad fueron quedándose atrás y, después de un rato, dejó de reconocer el trayecto.
Debía ser el cansancio.
Le parecía viajar por una carretera intergaláctica. Las luces parpadeaban al otro lado del cristal y se confundían con las estrellas.
Sus ojos comenzaron a cerrarse.
Se quedó dormida.
Por un instante creyó ver el destello de un flash.
Luego, otro resplandor.
Cerró los ojos.
Las luces.
En una canción, Cinderella regresa a casa en un auto con un solo faro.
Cinderella muere.
Ese fue el camino más largo de todos.
Eran las doce del mediodía cuando Mark Ryans recibió la llamada de la policía.
El cuerpo de Marcia, o lo que quedaba de él, había sido encontrado en un basurero.
Mark guardó silencio.
Después dijo:
—Era una chica linda, con algo trágico en la mirada.
No hizo ningún otro comentario.