viernes, 26 de marzo de 2010

La brevedad de las palabras

Esta historia comienza con una conversación.

—¿Aló?

—¿Eres tú a quien estamos buscando o eres el otro?

—Creo que soy el otro. Pero... ¿también me están buscando a mí?

—No, no, no.

Y corta.

Es raro.

Sobre todo cuando tú tampoco sabes quién eres.

Ni quién es el otro.


martes, 23 de marzo de 2010

Miércoles

 

debajo de mi ropa

hay eso que tu buscas….

Y huele todo a mariposas en el estomago

miro con ansiedad mi celular

y trato de adivinar que vendrá después

solo hay silencio

entre la pantalla y yo

Debajo de mi ropa

es miércoles oscuro

Y nada timbra lejano

Hoy es

Día de hacer lavandería

Cielo Azul

Un día mientras lamia mi chupetín, porque eso yo no lo chupo, si no lo lamo. Suavemente voy enrollando mi  lengua rosada alrededor del caramelo artificioso[1] y sorbo su dulzura sabor a mora, pero regresemos al tema principal.
Yo caminaba lamiendo mi dulce  viendo las nubes para buscarles una forma (ese día estaba despejado y me sentí un poco frustrada),  cuando vi un globo rojo volar por los aires y pensé: “¡Qué bonito!, el globo se elevaba y se perdía de mis ojos, entonces me caí. 

Sabe Dios, cuanto tiempo pase alli. El globo desaparecio de la vista. Yo seguia alli desparramada con el cabello derramado a un lado.
¿Alguien me habrá visto tendida en el piso?. Al despertar, mi vestido estaba sucio por la tierra donde había caído, mis cabellos me daban en la cara y mi chupachu estaba perdido. Me senté un poco desconsolada y mire el cielo.

Oscuro y grande, los ojos de la Noche brillaban ingenuos. Pensé, “Mira que gracioso” y me reí.

UN GLOBO ME HABIA ENGAÑADO  Y ROBADO MI CHUPETIN!

Aun con el  gusto en los labios, mi lengua se dio una voltereta y me pidió otro más. Ya era noche pero nunca le he negado nada a mi rosada lengua suave.

Espero que ese globo haya llegado lejos.


[1] Me refiero al chupetín, no sabia como llamarlo sin tener que repetir mucho esa palabrita caramelosa.

Oh vaya! (una ficcion rara)

Por alguna razón, siempre le gustaron los acosadores. No tener uno en su vida era como sufrir un bajón de azúcar, y eso la llevaba a caminar desesperadamente de un lugar a otro. Quería sentirse perseguida, casi asfixiada; darle un toque plus de emoción a su vida. Por eso también se inventaba miles de enfermedades-excusa.

Ella era una chica normal, pero lo disimulaba bastante bien. Además de su extraño gusto por tener acosadores detrás de ella, a quienes, por cierto, alentaba a seguirla, tenía un sinfín de manías extravagantes que había planeado cuidadosamente: comer caramelos de limón con sal cuando estaba nerviosa, fotografiar nubes y árboles mientras caminaba por la calle y cargar siempre una bolsa con todos sus implementos promanías.

Se cortaba las uñas con mucha regularidad y todas tenían que medir exactamente siete centímetros, lo cual comprobaba con una regla. Se cepillaba el cabello cien veces, comía atún con mayonesa y miraba televisión medio chueca. Padecía de rutinas inexactas: sí tenía rutinas, pero eran desordenadas y caóticas. No sabía usar tacones, era intolerante a la lactosa y leía revistas de moda.

Al despertar, lo primero que hacía era encender la laptop y revisar su correo. Volvía a hacerlo cada minuto para comprobar con qué regularidad llegaban los mensajes y después se perdía en alguno de sus juegos favoritos de Facebook, otra de sus manías. Desayunaba, se bañaba utilizando exactamente ocho litros de agua caliente y, solo entonces, descubría que ya era demasiado tarde.

Así que corría como loca, aunque nunca llegaba a tiempo. Corría sin mirar a quién derribaba en el camino. Era libre como el viento y peligrosa como el mar, que te encuentra desprevenido, te revuelca y quién sabe si no terminas ahogado. Sonreía como si esa fuera la única mueca que conocía. Era como el gato de Cheshire, solo que más lunática.

Un día fue descubierta y todo su mundo se vino abajo. Literalmente: la aplastó.

Ella era normal.

Y cuánto dolía esa verdad.

Normal. Qué fea palabra. Imagínate ir caminando por la calle y escuchar:

—¡Hey, tú! ¡La normal!

Y que todos se rían.

Entró en una seria crisis existencial e intentó encontrarse a sí misma, como siempre decía su madre. Hizo taichí, yoga y viajó a la India. Estaba perdida.

Cuando regresó, ya no era nada especial. Revisemos: ahora era normal y nada especial. Genial. Era mínima, un ser mínimo con rutinas exactas y una vida aburrida. Dormía bien, comía bien, hacía todas esas cosas que, aparentemente, debía hacer una persona funcional. Pero no disfrutaba de la vida. Vaya que había caído bajo.

Y todo porque, cuando ocurrió el cataclismo, no consiguió entender por qué hacía las cosas que hacía. Se miró a sí misma y descubrió que era una línea delgada convirtiéndose lentamente en un punto. Un punto sin forma, sin plano, en ningún plano, y sin color.

¡Ja! Era un punto descolorido flotando en la no existencia.

Por eso cogió sus cosas y desapareció. Y desapareció tanto que, hasta el día de hoy, seguimos preguntándonos:

¿de quién nos olvidamos?

Fin.


domingo, 7 de marzo de 2010

Palomas son tus ojos

A ella le gustaban las tardes en que tú solías cantar y le trenzabas el cabello negro, largo, mientras el cielo azul en sus ojos reflejaba felicidad. Caminaban tomadas de las manos, hablando de los verdes campos y ríos que algún día conocerían, de las muchas cosas que harían y no se cansarían de hacer cuando lograran huir las dos. Se reían, se querían.

Comían manzanas. Tú cosías los retazos de su corazón y ella jugaba en tu pecho. Y cuando la mirabas, ella se invadía de ti hasta desaparecer y dejar de ser ella.

Y sus ojos eran palomas que se alejaban con un canto suave, mientras las flores adornaban sus pensamientos.
Ahora ella te extraña; huele tu ropa con desesperación para olvidar que tiene miedo y se baña constantemente para quitarse los recuerdos.

Ella te busca. Te busca debajo de la tierra, que sus dedos hurgan hasta hacerse heridas. Oye tu voz como un llanto lejano detrás de los árboles del jardín y se pregunta: ¿adónde huirán ahora, si los verdes campos ya no existen?, ¿adónde te has ido?

Se corta el pelo y la angustia le ha comido la sonrisa. Cierra los ojos, pero nada regresa, y solo dice tu nombre en la oscuridad mientras duerme. Se encoge hasta hacerse pequeña y espera.

Ella está sola y llora en silencio.
Canta lo que no ha podido olvidar, para ver si tú logras recordarla la próxima vez que te vea, y ella logra no perderte de nuevo.

Un blog extraño sobre las ficciones reales de la vida cotidiana
| Top ↑ |