miércoles, 23 de diciembre de 2009

Ciudad

I

Hace frío afuera.

Tanto que se me congelan los pensamientos y me vuelvo inerte.

Pero regreso a la realidad cuando siento tu aliento en mi cuello y tus manos enredándose en mi cabello. Estoy viva. Tú me devuelves el soplo de vida y sonrío como una niña buena al girarme hacia tu cuerpo.

Miro alrededor y solo te veo a ti, como una estrella fosforescente perdida en un agujero negro, y mi corazón late con fuerza.

Te quiero en este momento en que la tarde se convierte en noche.

El mundo es un hermoso lugar para nacer. Y es una suerte que hayamos nacido aquí, en este mismo mundo, para encontrarnos.

El mundo es un hermoso lugar para sentir y para vivir. Lo es aún más ahora que me acompañas.

Ya no estoy sola.

La ciudad es una gran metáfora.

Tú eres su mayor enigma.

La ciudad me gusta más cuando estoy contigo, pegada a ti, respirando tu olor. Aunque hace frío afuera, algo tibio y confuso nace dentro de mí.

Es felicidad.

Caminamos como iluminados, sin pensar, solo sintiendo. Al final de la calle, me besas.

Nos reímos como si nada más existiera y, mientras inventamos un lenguaje hecho de carcajadas, me miras. En tus ojos me reconozco:

única.

Sueño que el aleteo de una mariposa al otro lado del mundo es el tiempo y que, de pronto, se detiene.

Me sostiene.

Y me besas otra vez.

O para siempre.

La sangre que recorre mi cuerpo, los latidos de mi corazón... todo se detiene. Todo queda suspendido.

Nada existe.

Estamos solos ahí, aunque haya miles de personas alrededor.

¿Sentirán lo mismo que yo?

Millones de corazones rojos y, entre ellos, uno azul que dice:

te quiero, te quiero.

Imagino...

Cae la primera gota de lluvia sobre tu pelo color universo.

Caen más.

Y pareces la noche salpicada de estrellas.

Son cosas cursis.

No me importa.

II

Los peces en la pecera.

El tapiz verde y esas cosas que nadie entiende.

Solo tú.

Solo yo.

Solo tú y yo.

Hablas y callas. Tus pausas tiemblan un poco. Me miras como si fuera la primera vez.

Me quieres.

Lo siento.

Tengo frío. Pero tus palabras, que no saben a Borges ni saben de Miró, me retienen en las infinitas posibilidades de quien busca caminos en la niebla.

No eres un Mondrian aguado.

Dices algo y yo sigo contigo, acurrucada, flotando levemente.

Alguien busca.

Nadie nos ve.

Solo somos.

Te pierdes en tu mente insondable y hueles a silencio perturbador. Muero un poco dentro de esa reserva peligrosa.

Regresas a mí y un destello me revive.

Hace frío.

Sonríes.

Vamos a casa.

Nuestros dedos se cruzan en forma de felicidad.

Y todo esto que escribo no alcanza para contener todo lo que me haces sentir.


martes, 1 de diciembre de 2009

Princesas desconocidas 1.0: Alessana

Son las siete de la mañana. Alessana abre los ojos, pero vuelve a cerrarlos. No quiere despertarse. Su cama es tan cálida, tan suave, que le gustaría quedarse así, adormecida, durante todo lo que le quede de vida.

Reacciona. Hace frío. Tal vez no debería dormir con ese vestido de tela blanca, pero tampoco es cómodo dormir con tanta ropa.

Se pasea por su habitación, saluda a sus huéspedes pegados en las paredes, abre las cortinas y descubre que está nublado. Sonríe.

Suena el teléfono.

—Para ti, Alessana —dice su mamá.

Camina hacia él con lentitud. Es alguien sin importancia.

Se rasca la nariz y juega con su gato. Le gusta morderle las orejas en intervalos de cuatro segundos. Alessana y el gato comen galletas en la cocina. Su mamá le dice que deje de morderlo, pero ella no la escucha. Está pensando, aunque ni ella misma sabe en qué.

El tiempo va y viene. A ella todo le va y le viene.

Se quita el pijama y se queda solo con su piel. El frío le eriza el vello y termina de despertarla. Abre la ducha y espera. No hace nada. El agua corre sobre su cuerpo; pequeños ríos se forman sobre ella y luego desaparecen.

Hay algo que no la deja estar esa mañana.

Recuerda.

A veces es mejor olvidarlo.

Simplemente olvidarlo.

Pero recuerda.

Alessana es alguien distante y lejana. Tanto que parece que la tuvieras cerca, pero, cuanto más cerca crees estar de ella, más evidente resulta que no existe en tu mundo.

Peor aún: tú sí existes en el suyo.

Solo que ella te ha borrado.

De niña le gustaba jugar sola. Imaginaba seres extraños escondidos en la casa de su abuelo. Leía y escribía desde los dos años y nunca fue un problema para nadie. Alessana estaba en su mundo y todo estaba bien para todos.

Se aburría en el colegio. Se aburría en casa. No le gustaba que las personas le hicieran preguntas sobre ella. Peinaba sus muñecas, hacía sus tareas y nunca era un problema. En casa era silenciosa como un fantasma; en el colegio no paraba de hablar.

Aquella casa, que no sentía suya, le desagradaba. Vivía con su madre y sus abuelos, con su padre y su hermano.

Madre era como un huracán.

Padre era como el cielo por las tardes.

Le daba miedo cuando su abuelo la cargaba. Lo odiaba. Bastaba sentir su olor para que le dieran náuseas. Detestaba tener que acercarse a él para darle un beso.

Alessana era una concha vacía, una de esas caracolas que, al acercarlas al oído, parecen contener el rugido del mar. Dicen que puedes escucharlo dentro de ellas.

Pero no es el mar.

Es solo un efecto.

Están huecas, aunque alguna vez tuvieron algo.

Así era Alessana.

Su felicidad era la soledad. Lo triste era saber que no encajaba. Después de un tiempo, una se acostumbra.

Ella no tenía sentimientos. Todos se los inventaba. Era una muñeca que jugaba a ser humana y que, tarde o temprano, terminaba descubriendo que solo era algo intentando ser alguien.

El adorno decorativo de la casa. La atracción circense de su madre. La hermosa pretensión de su padre.

Ella quería ser Alessana.

Solo eso.

No quería ser perfecta, pero tenía que serlo. De lo contrario, dejarían de quererla.

Infelicidad. Negación. Soledad. Tristeza.

Alessana juega con el gato. El gato la quiere porque es ella. El gato no espera que haga nada por él.

Alessana fue feliz alguna vez. Cuando nadie la molestaba y podía leer tirada en el piso mientras el sol entraba por la ventana y le calentaba el cuerpo. Era feliz cuando trepaba a los árboles del jardín y jugaba a llamar a los vientos, cuando nadie la veía y podía escapar lejos de todo y de todos.

Era libre.

Escapaba de su vitrina, se ensuciaba con lodo, reía con cosas vulgares y pensaba cosas crueles.

Su abuela era la única persona a la que quería. Algunos decían que estaba mal de la cabeza, pero Alessana sabía que era mentira.

Su abuela era especial.

Como ella.

Una vez le dijo que, si quería, podía hacer que soplara el viento. Susurraba palabras que le venían a la mente y las hojas comenzaban a mecerse. Primero despacio. Después, cuanto más elevaba la voz, más fuerte soplaba el viento.

Era verdad.

Su abuela no mentía.

Se llevaron a la abuela lejos cuando Alessana se lo contó a su madre y el truco no funcionó.

Después de eso, Alessana se retiró definitivamente del mundo.

Su madre la agobiaba demasiado. Así empezó a soñar despierta. Imaginaba que podía entrar en una parte del jardín donde nadie más había estado y donde existía magia. Hablaba con el gato mientras lo miraba fijamente a los ojos y le ordenaba saltar. Hacía apuestas con el ser que vivía dentro de ella.

Veía gente donde no había nadie.

Leía.

Leía.

Mentía sobre su vida en el colegio o decía la verdad más sincera. Daba igual. Nadie le creía.

Leía, escribía sobre lo que le pasaba y observaba todo cuanto podía. Tenía demasiado tiempo para hacerlo. No tenía amigos. Tenía un gato con el que conversaba y repetía siempre que el gato le respondía.

Entonces comenzaron las pesadillas.

Alessana sabía que alguien quería poseerla. Soñaba que perdía el dominio de su cuerpo. Algo ejercía una fuerza sobre ella, atravesaba su piel, entraba en ella, y Alessana despertaba llorando.

Sola, en su cuarto oscuro.

Los ojos del gato brillaban en algún rincón. Su hermano dormía más allá.

Entonces Alessana se metía en su cama y lo abrazaba muy fuerte, tanto que su olor se le metía por los poros y podía volver a dormir tranquila. Le gustaba dormir junto a su hermano, sentir el calor de su piel adolescente y saber que, si volvían las pesadillas, él podría protegerla.

Un día todo aquello terminó.

Y entonces empezó todo.

Años y años de médicos. Consultorios fríos y falsos donde siempre le decían lo mismo: ella era rara, tenía trastornos psicológicos, no era una niña normal. Sus pensamientos estaban llenos de malicia. Tal vez estaba loca.

Alessana comenzó a sentirse intranquila. El cuerpo le temblaba y sus evasiones se hicieron cada vez más frecuentes.

—Eres precoz —le repetían.

Pruebas. Tests. La desnudaban. La vestían.

Extraños tocaban su cuerpo. Extraños querían saber qué pensaba y por qué lo pensaba. Se introducían en ella como larvas enfermas, como gusanos que pretendían abrirse paso hasta el lugar donde guardaba sus pensamientos.

Y Alessana tenía miedo.

Un día estaba leyendo en la sala. El sol caía sobre sus piernas como un suave cosquilleo. Se quitó la ropa y se tendió en el piso. Sus manos rozaban su propia piel.

El sol la poseía.

La felicidad le invadía el corazón.

Entonces entró su madre.

La cogió de los cabellos y la arrastró hasta la ducha.

—Eres perversa. Eres mala —le gritaba.

El agua comenzó a volverse roja.

Ella no era eso.

Solo era diferente.

Solo quería que nadie la molestara. Quería convertirse en una pelusa suspendida en un rayo de sol, flotar allí, liviana, sin saber qué esperar de nada.

Humillada, lloró.

A veces es mejor no recordar.

Olvidar y hacer lo que ellos quieren.

Alessana mira cómo el agua vuelve a teñirse de rojo.

Cierra los ojos.

Y no recuerda más.


Un blog extraño sobre las ficciones reales de la vida cotidiana
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