Sentada en una silla de madera del parque, ella sonreía. Y, de pronto, desapareció. Explícame cómo alguien puede hacerse humo frente a mis pupilas en el espacio de un parpadeo. Un instante estaba ahí y, al siguiente, en algún hueco del tiempo, ya no quedaba nada. Pasaban personas, había ruido, pero ella no estaba donde debía estar. Solo quedaba un espacio vacío. Yo estaba solo.
Hubo aplausos y después silencio. Mi silencio se mezcló con el suyo hasta crear un ambiente desesperante. Sentía palpitaciones exageradas, corazones azules latiendo en medio de la noche. Era la tercera vez que pensaba en ello. Pasaban personas y más personas, pero ninguna era ella. ¿Adónde habría ido? ¿Volvería?
Tal vez estuviera escondida. La vería más tarde. Sí, ya volvería. Aves extrañas volaban sobre los árboles y hacían temblar las hojas. Una sensación de soledad me recorría como si atacara directamente los nervios. Caminaba entre la gente, la buscaba y al mismo tiempo no quería buscarla. Deseaba encontrarla, pero no quería que fuera ella quien me encontrara a mí en ese estado.
Las mismas personas se iban y regresaban. El reloj hacía tic tac. Se escuchaban pasos. Tic tac. Y ella no aparecía. Poco a poco empecé a ver sombras siniestras caminando entre la gente y a descubrir maldad en todos los rostros.
Ya era tarde y no había regresado.
Oficialmente, había desaparecido.
Había tantos arbustos, tantas piedras, tantos lugares donde podía estar. Pensé en buscar en los rincones oscuros a los que nadie había llegado y empecé a correr. El cuerpo me obligaba a moverme. Tenía miedo. Estaba cansado.
Miré el reloj.
No habían pasado ni quince minutos.
Parecían una eternidad.
Recordé las sombras siniestras y los rostros malvados. Había demasiadas posibilidades y todas decían lo mismo: peligro.
Ya casi no quedaba nadie. Solo ella, dondequiera que estuviera; algunas personas ajenas a nuestro mundo y yo, en medio de la nada asfixiante que había dejado su desaparición. Así, en una noche cualquiera, ella simplemente se había ido.
Las estrellitas puntiagudas que tantas veces describía me iluminaban desde arriba. Las miré.
Ella se fue, les dije.
Entré al backstage por un poco de agua.
—¿Dónde estabas?
Me detuve. No sabía si reír o quedarme perplejo.
Era ella.
Estaba sentada sobre la alfombra, con un libro entre las manos. Le desordené el cabello.
—¿Lista? Nos vamos a casa. Antes de que me pierda de nuevo.
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