A ella le gustaban las tardes en que tú solías cantar y le trenzabas el cabello negro, largo, mientras el cielo azul en sus ojos reflejaba felicidad. Caminaban tomadas de las manos, hablando de los verdes campos y ríos que algún día conocerían, de las muchas cosas que harían y no se cansarían de hacer cuando lograran huir las dos. Se reían, se querían.
Comían manzanas. Tú cosías los retazos de su corazón y ella jugaba en tu pecho. Y cuando la mirabas, ella se invadía de ti hasta desaparecer y dejar de ser ella.
Y sus ojos eran palomas que se alejaban con un canto suave, mientras las flores adornaban sus pensamientos.
Ahora ella te extraña; huele tu ropa con desesperación para olvidar que tiene miedo y se baña constantemente para quitarse los recuerdos.
Ella te busca. Te busca debajo de la tierra, que sus dedos hurgan hasta hacerse heridas. Oye tu voz como un llanto lejano detrás de los árboles del jardín y se pregunta: ¿adónde huirán ahora, si los verdes campos ya no existen?, ¿adónde te has ido?
Se corta el pelo y la angustia le ha comido la sonrisa. Cierra los ojos, pero nada regresa, y solo dice tu nombre en la oscuridad mientras duerme. Se encoge hasta hacerse pequeña y espera.
Ella está sola y llora en silencio.
Canta lo que no ha podido olvidar, para ver si tú logras recordarla la próxima vez que te vea, y ella logra no perderte de nuevo.
1 comentarios:
Monólogo, lleno de frustración. A veces sucede que nos reconocemos solos y entonces intetamos recrear al otro, nuestra propia busqueda de nosotros mismos...
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