Niña Bonita ha iniciado sesión.
La fugaz ventana desaparece en la esquina del monitor. El silencio lo inunda todo; es como un cuchillo que se introduce lentamente o como una leve cosquilla en la espalda. El silencio es una máscara entre la verdad y la realidad.
Chico Tímido aguarda un clic al otro lado, viendo brillar aquel nickname incandescente. Entonces la sangre le hierve, su cuerpo tiembla, se desmorona y luego se rearma.
Niña Bonita dice: Hola!
Una carita feliz le da la bienvenida. Sus manos tiemblan. Es ella. Es él. El silencio los rodea.
Esto se parece a huir.
Ella habla, ella siente.
Él se evade, observa las letras negras cada vez que la ventana con su nombre parpadea en naranja, pero no se atreve.
Él es una pared; ella es un ave, una estrella, una mariposa, un gato trepado sobre ese muro.
Niña Bonita es la imagen de una sonrisa: fondo color rosa y estrellitas, frases de canciones pop estallando en un “estoy escuchando”.
Chico Tímido no es nada: es un ícono sin significado, un agujero negro abriéndose paso en la galaxia. Un cangrejo ermitaño arrastrando su caparazón.
Chico Tímido tiene calor, ese calor inconsistente que le produce la lejana cercanía de tener el e-mail de Niña Bonita.
Ella acecha y ataca. Escribe. Pero en su pantalla solo existe su propio texto rosado, que es como un rostro pálido asfixiándose en una conversación sin respuesta.
Niña Bonita dice: Hey!
Y las palabras caen. Nadie las sostiene.
Caen sobre Chico Tímido, que solo observa, solo lee.
Sí, Niña Bonita sabe que existe Chico Tímido.
Pero Chico Tímido no sabe que Niña Bonita se quema por él.
Es otra noche más y miles de zumbidos virtuales viajarán por la red sin respuesta.
Niña Bonita dice: Hey!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Los signos de admiración alcanzan a Chico Tímido, pero ya es demasiado tarde.
Niña Bonita dice: Buenas noches.
No hay nada que hacer. Ha cerrado sesión.
Por hoy eso es todo. Quizá mañana, o algún día, él le dirá algo.
Chico Tímido dice (en silencio profano): Oh, vaya.
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